Bill Ayers y Bernardine Dohrn, fugitivos del FBI durante 11 años por sus actividades dentro de la organización norteamericana "The Weather Underground", visitan Madrid
 21 Oct. 2014 Álvaro Minguito 
Madrid, 23 de octubre de 2014.“No necesitas a un hombre del tiempo para saber en qué dirección sopla el viento”, reza una de las estrofas del clásico de Bob Dylan Subterranean Homesick Blues. En ella se inspiraron activistas como Bernardine Dohrn y Bill Ayers, fundadores de “The Weathermen”. Esta organización estadounidense nació de una facción radical surgida del movimiento Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS, por sus siglas en inglés), que lideraba las movilizaciones pacifistas contra la Guerra de Vietnam. Ambos están estos días de gira en España, presentando los libros Enseñar, un viaje en cómic (Editorial Morata, 2014) y Días de Fuga (Hoja de Lata Editorial, 2014).   Según explica Ayers, en 1968 el movimiento contra la intervención militar de EEUU en Vietnam “entra en crisis porque aun habiendo conseguido convencer a la gente de que la guerra está mal, somos conscientes de que la guerra no va a terminar”. Por eso, añade Dohrn, decidieron “llevar la guerra a quien hacía la guerra”. Bring the war home fue uno de sus lemas más sonados tras la declaración de guerra al gobierno de Nixon en 1970. De esta forma, el grupo reformula su planteamiento, pasa a llamarse “The Weather Underground” y, desde la clandestinidad, hostiga al gobierno de los Estados Unidos con sabotajes y ataques con bombas en edificios públicos, algunos de ellos contra instituciones como el Capitolio o el Pentágono. Pretendían terminar así con “un genocidio que en Vietnam estaba matando a 6.000 personas a la semana”, así como “con la represión que el gobierno ejercía contra los negros” dentro del territorio nacional. En opinión de Ayers, consiguieron, a través de “actos de destrucción de la propiedad privada”, demostrar “que la potencia militar más importante del mundo era, al mismo tiempo, vulnerable”. Algo que, asegura, “también estaban demostrando los vietnamitas”.   En aquellos años, según Dohrn, “se llevaron a cabo unos 20.000 actos contra la propiedad privada relacionados con esta protesta. Por su parte, los Weatherman realizaron no mas de 15”. Con estos datos quieren explicar que se trató de una “respuesta anarquista, generalizada y no centralizada”. Como ejemplo, Dohrn recuerda las acciones de monjas y curas, “rompiendo y quemando los papeles de reclutamiento”, y por las cuales se convirtieron también en fugitivos.   Como ella, que pasó 11 años en la clandestinidad, 3 de ellos ocupando el número 10 de la lista de los más buscados por el FBI. Lo peor de aquella etapa, “no poder ver a la familia”. Asegura, sin embargo -y sin dudarlo- que mereció la pena. “Hay que marcarse una meta, pero el hecho de no conseguirla no puede ser interpretada como una derrota. El camino debe ser ir concienciando cada vez a más y más gente, para que algún día la represión, el racismo y las injusticias dejen de existir”.   "La educación y la justicia social están muy ligadas” Durante su encarcelamiento por participar en alguna de las acciones de sabotaje más arriba mencionadas, Ayers conoció a miembros de un colectivo que trabajaba en el ámbito de la educación libertaria. “Así, estando en prisión, conseguí mi primer empleo como profesor”, bromea el ahora pedagogo. Hoy es uno de los principales teóricos de la educación alternativa a nivel mundial y asegura que fue en el desempeño de aquel trabajo cuando descubrió que “la educación y la justicia social están muy ligadas”. En la misma línea, Bernardine Dohrn, que actualmente es profesora asociada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Northwestern (Illinois), considera que “hay muchos caminos que llevan al activismo social, pero todos pasan por la educación, el aprendizaje y el conocimiento”.   Ayers defiende la educación libertaria y al mismo tiempo la educación pública “para que [la pública] alcance su máxima capacidad”, pero no confía en que “llegue alguna vez a estar liberada del control del Estado”. Ésta es, en su opinión, “una contradicción indisoluble”. Dohrn apunta que “p

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